MONTECITO

Cuando uno mira el paisaje, nuestro paisaje, ve esa gran planicie que es la pampa (somos santafesinos del sur de Santa Fe) extendiéndose hasta la lejana línea del horizonte  con muy pocos obstáculos o cambios de nivel, compartiendo el escenario con el cielo. Los campos tienen distintos colores que, si uno ingresa en ellos, se revelan formados por innumerables hebras vegetales, ramas, hojas, desechos que acusan la presencia del hombre y por supuesto, tierra. Así uno puede marchar surcando estos terrenos, levantando a su paso nubes de polvo, sintiendo quizás la inclemencia del sol de verano, con una escolta de insectos, hacia un horizonte siempre igual de lejano.

Pero, de tanto en tanto, la línea horizontal puede estar interrumpida por una mancha oscura que, al acercarse, se resuelve en un grupo de árboles. Es un pequeño monte, un montecito. Cómo en un oasis, los árboles prometen sombra y frescura. Siempre que paso a la vera de estos campos y descubro a lo lejos un montecito siento el deseo de ir hasta allí, adentrarme en el terreno viendo crecer la imagen del grupo de árboles hasta, finalmente, ver si es realidad la promesa de sombra y frescura, si puedo oír el canto de los pájaros que seguramente lo habitan.

Los campos

MONTECITO OTOÑAL
Acrílico sobre tela
0,80 m x 1,00 m – 1999

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